La Fascinación de los Valles

2009 Julio 2
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by foremme

SALTA v CalchaquiInspirados observadores de Salta vivían deslumbrados por los paisajes que decoraban sus rutinas. Fuera Jaime Dávalos, el “Cuchi” Leguizamón, “Pajarito” Velarde o Joaquín Castellanos, todos se desvivían por dedicar loas a las imágenes de valles suspendidos de los cerros.

Arrancaban por la Puna, sobrevolaban las selvas orientales, viraban hacia los contrastes de la capital e, irremediablemente, desembocaban en el collar de valles alternado con la Cordillera.

Por eso es que, mucho antes de irrumpir el boom turístico que Salta ostenta desde hace más de una década, los turistas llegaban con pistas precisas para descubrir sus bondades. El fenómeno sigue firme y no tiene visos de retraerse.

Se nota con nitidez apenas a un puñado de Km. de la capital, donde la ruta 68 tiene el tino de marcar un tajo en el Valle de Lerma, para enlazar los pueblos del sur con los cultivos de tabaco, su tesoro más apreciado. En La Merced, los visitantes descubren a pie las razones del mote “Capital de las flores”: 2.200 rosales decoran los jardines de las casas, la plaza del pueblo y el parque de la iglesia.

Unos 25 Km. hacia el sudoeste, Chicoana parece haber quedado inmóvil desde su hora de apogeo, hace un par de siglos. El momento de la siesta acentúa esa sensación. Sólo difusas señales de vida se perciben en la plaza, enmarcada por casas con aleros de tejas que recubren las puertas abiertas de par en par. “En julio estalla aquí el multitudinario Festival de Doma y Folclore. Se preparan exquisitas empanadas y tamales y muchos van por su presa a un coto de pesca de truchas en el río Pulares”, se apura por avisar el guía Hugo “Pichu” Peyret, como para que el entusiasmo no decaiga.

No tiene por qué inquietarse. Hace rato que muchos rasgos de los legados diaguita-calchaquí, del imperio inca, del pasado hispánico y del fervor criollo que encendía Martín Miguel de Güemes -el indiscutido prócer mayor de todos los salteños- afloraron en Salta capital y se hicieron más visibles en los parajes rurales.

También el paisaje natural catapulta uno tras otro matices bien cambiantes. Pasa raudamente del verde plano del Valle de Lerma a una selvática franja de yungas y, una vez que la ruta 33 se acomoda con curvas, vados y tramos de cornisa para apuntar decidida hacia los Valles Calchaquíes, sorprende con la Quebrada de los Laureles, a su vez interrumpida abruptamente por el escenario mucho más austero de la Quebrada El Infiernillo. Los árboles se van haciendo arbustos y las hojas son ahora espinas. Habrá más sorpresas del otro lado del puente de Mal Paso.

Paisaje mutante


Esta vez, desde la ladera, tupidas cortaderas caen como melenas sobre los algarrobos. Algunos automovilistas hacen allí un alto. Pero no es el paso del río Escoipe -que atrona 30 metros abajo- lo que les impone una pausa, sino la proliferación de pocotes bien amarillos. Son los frutos huecos de una planta espinosa, que son echados a las fogatas para que exploten.

En San Fernando de Escoipe, una curva metida entre cactos advierte sobre la cercanía del parque nacional Los Cardones. Es el hábitat de los cóndores, aunque las nubes están demasiado bajas y es poco probable que un ave tenga la deferencia de salir a planear.

Por lo pronto, habrá que conformarse con las formaciones rojizas de El Anfiteatro, el desnivel constante del pastizal serrano en la Cuesta del Obispo y la panorámica de cielo, cerros y valles desde el mojón de Piedra del Molino, a 3.348 m sobre el nivel del mar. No es poca cosa.

Pastan guanacos y burros, mientras el guía suaviza con los ritmos andinos de Ricardo Vilca la excursión desdibujada por el ripio impiadoso y los vecinos de El Colte, espátula en mano, arrancan del suelo pedregoso raíces de yareta, la mejor leña de la zona. Entonces, una bandada de loros barranqueros marca el enésimo quiebre del paisaje, que retoma los verdes con la aparición del río Calchaquí.

A seis horas de haber partido, empezamos a desandar la Ruta de los Artesanos, esforzados tejedores que dedican el día entero a crear en telares de palo de algarrobo. “Me lleva 15 días tejer el tradicional poncho salteño, rojo y con guarda negra”, calcula Elpidio Gonza sin dejar de mascar hojas de coca ni levantar la vista, clavada en los cuatro lisos que mueven los hilos.

La escena se repite en las nueve fincas de adobe, canto rodado y techo de cañas donde vive y trabaja esta cofradía de hombres y mujeres virtuosos.

A 4 Km. de Seclantás, “El Tero” Alfonso Guzmán porta sin estridencias el sitial del tejedor más reconocido. Vitalia Herrera induce a descubrir la fama ganada por su esposo, amontonando sobre la mesa del jardín de tierra una pila de revistas y periódicos que elogian al “telero de Seclantás”.

Una parada en Seclantás


En el pueblo, otras obras magistrales son acercadas por Alejandro Díaz a la mesa de su restaurante Inti Raymi, la nueva versión de una casa-hacienda que las paredes de adobe sostienen desde el siglo XVIII. La merienda
Fuente: Clarín

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